| Robinson
Mulford Leiva |
Robinson Mulford Leiva
es maestro de colegio en Aracataca, Magdalena, Colombia. Nació en
1954.
Edward Waters Hood (Burlington, North Carolina, 1954) enseña literatura hispanoamericana en la Universidad del Norte de Arizona, Flagstaff. Ha publicado La ficción de Gabriel García Márquez: repetición e intertextualidad (Peter Lang, 1993) y ha traducido varias novelas de autores centroamericanos, incluyendo: La niña blanca y los pájaros sin pies (The Lost Chronicles of Terra Firme [White Pine, 1997] ) de Rosario Aguilar, Caperucita en la zona roja (Little Red Riding Hood in the Red Light District [Curbstone, 1998] ) de Manlio Argueta; Señores bajo los árboles 9Face of the Earth, Heart of the Sky [Bilingual Press, 2000] ) de Mario Roberto Morales y El corneta [The Bugler / El corneta (University Press of America, 2000)] de Roberto Castillo. |
Cuento oral de Aracataca, Colombia, contado por el cataquero Robinson Mulford Leiva a Edward Waters Hood (1986).La Madama de Aracataca
Aquí existió una señora llamada la madama, o sea, una mala deformación de la pronunciación de la palabra "madame" en francés. Acá la llamamos primero madán, luego madam, y finalmente quedó en madama a secas. Pero su nombre real era Elvira Rosa de Rilke, porque el esposo de ella se llamaba Robinson Rilke; era un jamaiquino-holandés. Llegaron aquí porque pertenecían a esa inmigración de extranjeros que llegó a Aracataca cuando la cuestión de la explotación de la zona bananera. Y cuando llegó ese personal se fue metiendo en el pueblo -como te dije ahorita- por el auge del cultivo de ese producto.
Entonces, ellos llegaron acá a este pueblo y se radicaron donde ahora están construyendo un centro educacional. Ahí vivieron ellos muy bien. El marido era capataz de un grupo, o sea, un catire, pero él murió y ella quedó sola. Ella logró subvencionarse con lo que él le dejó, pero llegó un momento en que su haber -su dinero- se le fue agotando, y sólo le quedó la casa. Entonces ella cambió la casa en una especie de casa de Celestinaje. Pero no es la mala imagen que tienen ciertas personas de que la madama se acostaba con los hombres. Ella no, ella sólo prestaba los cuartos de la casa para que otros gozaran extasiados del amor ahí al estilo de la cándida Eréndira. Nada más ése era el servicio que ella prestaba y cobraba para subvencionarse.
Llegó un momento en que el tiempo cronológico la fue acabando, y la fue postrando, y prácticamente ella ya no salía. Y en el vecindario por allí, una señora llamada América era la que le daba la comida. Pero todos los pelados que pasábamos por ahí -entre ésos yo, cuando estaba niño- le tirábamos piedras. Y pasábamos los estudiantes -los muchachos- y sabíamos que al tirarle piedras a ella, ella le mentaba la madre a uno: ¡Son bitch! nos decía; y entonces nos decía una cantidad de términos en inglés. En aquel tiempo nosotros no entendíamos eso, y, por si acaso, le decíamos -Más hi de puta eres tú- o sea, por si acaso me estás mentando la madre "Más hi de puta eres tú".
Entonces le tirábamos piedras. Y la casa de ella, el techo de ella, estaba lleno de puras piedras, porque todo niño que pasaba por ahí -ése era el jueguito de todos nosotros- le tiraba una piedra. Pero nada más para ver la reprimenda que ella nos hacía a nosotros. Y así se fue destruyendo la casa. Y la fuimos aniquilando a ella, y ella no salía. Se volvió prácticamente una anacoreta. Pero la gente, o la señora América, le daba el desayuno, el almuerzo y la comida.
Dentro de sus haberes ella tenía una victrola -era una reliquia- y una máquina de coser -que también era una reliquia- y ciertas vajillas. Aquí había un muchacho que siempre estaba con plan de robarle. Y ella, cada vez que sentía que le iban a robar, gritaba, y la gente salió en auxilio. Hasta que llegó el día en que ella no pudo y el muchacho entró con otros -se supone- y la ahorcaron, la asfixiaron; y se robaron la victrola y la máquina de coser. Y entonces todo el vecindario por ahí, en forma buitresca, o sea de buitre, cogía sus cosas una a una, hasta que no quedaba nada de su casa. Hasta las tablas y las planchas de zinc de su techo se llevaron. No tenían ni siquiera dónde enterrarla. El municipio fue quien tuvo que correr con los gastos del entierro. Y la bóveda, donde nosotros fuimos ahorita, es prestada de una familia de aquí.
El físico de ella era el de una viejita alegre, mamadora de gallo. Ella ya tantos años tenía ya en Aracataca que se puede decir que adquirió parte de la cultura, parte de las costumbres; y ella le mamaba gallo a uno. Tenía una voz muy delgada, extranjerizada y bajita. Siempre vestía al estilo caribeño, con flores; muy caribeña vestía ella.
Y en esa época ella se daba unas ínfulas porque ellos tenían dinero, tenían poder económico. Pero cuando yo la conocí, que ya vieja, ya ella no, ya ella prácticamente vivía de lo que el amor de la calle iba y le pagaba a ella. Y era amiga de la compañía norteamericana, porque el marido de ella, Robinson, como tenía sus contactos con los gringos, entonces, por influencia, pues, fue nombrado ahí. Ellos tenían sus mayordomos y sus grandes casas aparte. Pero yo me refiero ya, cuando yo la conocí, ella ya era una viejita muy alegre y altiva, muy altiva; pero era -cómo te diría- en el final de su carrera como ser humano. No salía. Ella recibía la gente nada más, y lo único que preguntaba era si era buena gente. Entonces, a veces decía -¿Es cataquero? ¡Cataquero mala gente, cataquero es mala gente! ¿Por qué decía eso? Porque a ella la atosigaban mucho, sobre todo los pelados y los grandes que siempre no dejaban de molestarla. Pero nunca fue una mujer mundana, y no peleaba. Fue una mujer dedicada a su casa que vivía del amor de la otra gente que iba allá a hacer eso en su casa. Pero no más. No es como la gente dice, la versión que tiene el vulgo que ella era una mujer cualquiera. No, ella no fue así.
1986